Malecón Nocturno






El entorno cambia cuando desaparece el sol. Unas embarcaciones resisten el embate de las olas, amarradas al fondo oscuro, pedregoso, que sirve de antesala a la orilla. Ya no hay azules ni navegantes de piel endurecida, salobre. Solo oscuridad. Locales y foráneos  ignoran el murmullo marino, arropados por una mezcolanza de rugidos bullangueros, que brotan de cajas de madera apostadas en el borde arenoso. Tenderetes de comida. Carpas de apuestas. Lotería de animalitos. Artesanos, contorsionistas, pitonisas de ocasión. Marañas de cables en el suelo. Lunas de neón. El malecón es ahora un híbrido entre bazar y circo. Un hijo maltrecho.
Los paseantes, cerveza en mano, zigzaguean de ventorrillo en ventorrillo; hurgan con  ojos agotados el amontonamiento de colores. Vacilan. Más hastiados que curiosos, ven y poco observan; convertidos en cazadores de temporada, buscan sin saber qué encontrar. Restos marinos, mutantes figuras sin nombre. Sartas de cuentas. Fosforescencias. Escapularios, camándulas, milagros por docena.
Tal vez, con un tris de suerte, hallen algo que personifique lo impalpable de su recuerdo.
Texto e imágenes: Elsa Sanguino

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