sábado, 17 de abril de 2010

¡HAY QUE VIVIR!

Sí, hay que vivir me dijiste en incontables oportunidades. A veces por teléfono, a veces mirándome a los ojos con esa paz infinita que irradiabas por los cuatro costados. Hay que vivir, y saborear el licor de un beso, un único beso que se roba al abrigo del callejón oscuro, o mirar el infinito a pleno sol, hasta que los ojos duelan de tanto azul y de tanta nube. Hay que vivir con el paso constante de las hormigas, con el ondular de las hojas de los árboles requeridas por la brisa.

Hay que vivir sin quejas, pero convocando el llanto cuantas veces sea necesario para lavar los trapillos del corazón. Hay que vivir dejando todo atrás, así como lo hiciste, en la mitad de una tormenta, cuando abandonaste la corbata, las facturas, el horario, para aterrizar en estos montes y tomarte la tarea de aprender que los aguijones también curan. Que el veneno puede, si se es paciente, convertirse en medicina.

Me enseñaste, en muy poco tiempo, la profundidad que alcanza a tener el alma. Que un trago de sidra barata y la voz de un acordeón bien pueden ser compañía tanto en la alegría como en el infortunio, a veces inevitable. Siempre con una sonrisa aflorando dijiste: Avanza sin calcular lo perdido. No lamentes los pedazos del cántaro roto, menos aún la leche derramada. Avanza, permite que la vida te tome por asalto y te sorprenda, para que sepas hasta dónde puedes llegar sin cansarte.

Ibas por el mundo enseñando a quienes querían aprender cuán flexibles podemos ser partiendo desde el eje del ombligo, si dejamos atrás los dogmas y los miedos.

Fueron muchos los que en tus manos encontraron alivio en el roce. El cuerpo es sólo un receptáculo y al mismo tiempo, espejo de las miserias que –necios- nos ocupamos en guardar, cuando debiéramos solamente atesorar regocijos. Siempre lo decías...

Con razón que caminabas tan liviano, como flotando sin querer. Porque tu equipaje era leve y no lo supimos. Respetuoso, muy caballero, te reías por lo bajito de las normas... Igual te iban bien una cerveza, Héctor Lavoe, Toña La Negra, atronadores desde una rockola, así como los compases de una sinfonía de metales, antigua y alrevesada. Fluías en el movimiento constante de las calles que recorriste. Calles que ahora van a extrañarte tanto como nosotros, que te quisimos, entrañablemente.

No vas a estar acompañando con esa semblanza de Quijote esta aventura que significa el dar tumbos por pedregales y veredas. No vamos a escuchar tu voz contando secretos de hierbas, descubriendo pequeños detalles que por la prisa nunca vemos. No vas a estar alabando las manos atrevidas que toman un pincel, una herramienta o un lápiz para dibujar y narrar la vida... Vida de sueños y pesadillas que en la penumbra nos visita sin hacer ruido.

Amigo, me sorprendiste la última vez que compartí contigo las cuitas de este corazón, que de tanto querer por momentos se agota y pierde el respiro. Dijiste “Avanza”, pero agregaste “Desde donde estás, porque avizoraste la costa que te espera. Recuerda que el amor es una tarea de construir poco a poco, con paciencia, los días”.

No sé, viejo, si esta costa sea la mía, pero si sé que no estarás por ahí para contártelo, para reírnos desencajados de tanta peripecia junta.

Te llevaste todo y nos dejas tanto. No fue tu culpa que el volantazo errado de un suicida, de esos que prodigan su propia muerte haciéndola de otros, nos arrebatara la fortuna de tu compañía.

Pasarán muchas lunas para que el dolor de este vacío sane. Sólo nos queda honrar tu nombre, cuidar con esmero el par de seres mágicos que habitaban tu querencia... Y repetir cada amanecer, quedito, pero con toda la pasión posible: “Hay que vivir, hay que vivir...”

Elsa Sanguino.

P.D.: Ya estoy aprendiendo a no medir el tiempo. Tanta exactitud es inútil






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La araña

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Metro de París. Foto:Horacio Rosales

Contrastes

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Foto: Elsa Sanguino.2004

El cuervo. I

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Fotografia de Elsa Sanguino.2002

El Cuervo

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Foto:Elsa Sanguino 2002

S/T

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Fotografía de Elsa Sanguino. 1999

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