sábado, 5 de enero de 2008

Postal Tropical, por Elsa Sanguino


El telar II. Foto: Elsa Sanguino, 1993


POSTAL TROPICAL


Aquí estoy, con mis bienes en la puerta y esta lluvia que no cesa. ¿Hacia dónde me dirijo?. La mujer que ayer juraba quererme, hoy a las siete y quince de la noche, tuvo la ocurrencia de entregarme el equipaje: una caja de libros y el paraguas que le regalé en su último cumpleaños. Y así, muy sonriente pero con voz gélida me dijo “ Te me vas rapidito”. Sin chistar, la dejé que me echara.

Sí, estoy sin amo. Me siento como el perro de largas patas que solía perseguirme cuando trotaba por el parque. ¡Demonios! Otro taxi que pasa de largo. ¿Es que acaso soy invisible? Ahora entiendo la cara de mi padre el día que salió dando portazos y maldiciendo por igual a las madres de los curas y a los jueces civiles, sin percatarse siquiera que todo el vecindario lo observaba. No pude decirle cuanto lo amaba, no pude decirle que no me dejara solo en la mitad de la calle, abrazado una pelota de muchos colores para no caer. Con la promesa de ir alguna vez al circo me abandonó allí , hecho un charco de lágrimas porque quién entiende a los seis años. Seis años de coscorrones y peleas domésticas, de mínimos momentos felices entre tanto lío de gritos y ollas volando por el aire.

A mi madre la amé hasta el día que empecé a oírla llorar por las mañanas y luego, al caer la tarde, salir enfundada en un vestido de florones, pintada la boca de rojo lacre, olorosa a jabón Reuter. Solía fantasear con el momento que tropezaran sus zapatos de tacón de aguja, en que su variopinta figura rodase estrepitosa escaleras abajo. Cuantas veces me amenazó con ellos. ¡Carajo, que frío hace¡

Mucho tiempo después encontré a la mujer más hermosa que hubiese podido imaginar, la misma que hace minutos me dejo sin techo y sin cobija. Ese nefasto día juré que si lograba conquistarla y casarme iba a ser el matrimonio perfecto, para siempre, sin peleas y por sobre toda las cosas, sin gritos. Aquella mujer de ojos verdes y medidas gloriosas, valquiria ecuatorial,

fue la razón de mi existencia durante los primeros setecientos días del connubio. Paseos interminables por el malecón, cenas inenarrables, jornadas amatorias a la luz de las candelas que nos dejaban exhaustos, incapaces de creer que existiera otro paraíso.

Perdí el trabajo hace unos meses y empecé a estar más tiempo en casa, a remolonear por los bares con mayor frecuencia. La diosa coronada comenzó a reclamarme por el ocio, las llegadas de madrugada, pero cómo decirle el miedo que me causaba su mirada, sabrosa a vinagre. Ella trabajaba como acémila para compensar el ingreso. Pero qué hago yo si busqué y busqué sin éxito. Jamás hallé nada que estuviera a mi altura profesional:

Analista Programador de Instrumentos Económicos no Invasivos para Países en Vías de Desarrollo, Magister y Phd incluido; títulos expedidos por la egregia Universidad de Villa Real donde fui enviado a estudiar –becado, por supuesto- durante nueve años, los mejores de mi vida. Al regresar al país conseguí un trabajo temporal en el restaurant-bar de quien hasta hace media hora fue mi cuñado. Lo temporal se hizo permanente, sin contar con la reciente quiebra del local.

Ella comenzó a fastidiarme la existencia, no cocinaba, la ropa sucia –la mía- se amontonaba inclemente. Me desaparecía las llaves, el celular, los documentos con una frecuencia tal que llegue a dudar de mi cordura. Todo se complicó, ya no quiso darme abrazos menos aún un beso. Siempre andaba apurada, ocupada en pensar cosas que a mí, por supuesto, no me incumbían. Comenzó a salir sola, a llegar tarde sin explicación ninguna. Todo lo que ganaba en su trabajo lo gastaba en ella. Mermaron los alimentos en el refrigerador y nunca más volvió a cocinar delicias; en otras palabras se transformo en una saboteadora de ceño fruncido, muy fruncido. Un día regresó cargada de cajas, luego de una de sus habituales expediciones por la zona comercial. Zapatos y vestidos de ultima moda, perfumes y afeites conformaban el botín, pero ya no los lucía para mí. Las horas interminables de escarceos, eran con el espejo.

Anoche pronunció dos palabras que rompieron el silencio espeso al que me tuvo condenado. “Te amo” dijo, mirándome con ojos de sibila. Supe que algo iba a pasar, pero nunca imaginé que ya tenía mis cosas embaladas, que ya había planificado al detalle el desalojo y menos aún que para tal evento iba a lucir ese traje nuevo con estampado de postal tropical, tan parecido al de mi madre.

Publicado en: Revista Populus, No 2, año 00/2007, San Cristóbal, Venezuela

1 comentario:

Anónimo dijo...

Qué bueno que te animaras a crear tu blog. Felicitaciones. Nos hace falta que nuestros artistas muestren otras facetas de nuestra vida llena de incertidumbres.

La araña

La araña
Metro de París. Foto:Horacio Rosales

Contrastes

Contrastes
Foto: Elsa Sanguino.2004

El cuervo. I

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Fotografia de Elsa Sanguino.2002

El Cuervo

El Cuervo
Foto:Elsa Sanguino 2002

S/T

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Fotografía de Elsa Sanguino. 1999

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