martes, 15 de enero de 2008

Mujeres de Atenas

Nosotras, en tiempos de guerra,
somos unas combatientes admirables,
aunque nuestros heroísmos estén hechos
a la medida de un libro que nunca se escribió.
A veces entregamos nuestras joyas
a una causa que no entendemos del todo
pero que íntimamente detestamos,
y luego cuidamos, como siempre, de la casa
con una expresión ambigua en las mañanas,
que no es de miedo, pues no somos temerosas
aunque la visión de muelles y aeropuertos
nos estremezcan hasta la náusea
y nos persiga en el sueño.

Es verdad que hilamos más que de costumbre
pero es cierto que estas telas recias nunca alcanzan
para la vastedad de nuestros lechos.
Casi todas tenemos la tendencia
a coleccionar las cosas más triviales
como caracoles y vidrios coloreados,
y también todas pasamos muchas horas
inmóviles frente a los espejos
como tratando de develar algún misterio
pero está visto que nunca es suficiente.

Sólo nosotras sabemos
cuánta amargura esconden unas manos quietas,
cuánto oscuro deseo anida en lo sereno,
cuánta violencia late en la sumisión.
Nadie nos llama por las tardes
y cuando rezamos
a la sombra del altar del sacrificio
pedimos de rodillas cosas
que pertenecen a otra tierra
y a otro cielo
a otro modo de estar en esta piel.
Nunca hablamos con las otras del futuro
-ese terreno fatal de la esperanza-
pero frecuentamos secretamente los oráculos,
con sus vísceras sagrdas,
sus hojas de eucalipto y sus sibilas,
e indagamos afanosas en el aire
cualquier signo que confirme
nuestra más íntima sospecha.
Jamás nos confesamos impotentes
pues nuestra fuerza reside en el silencio,
mas al quedarnos solas
a la orilla de la noche interminable
rogamos a los dioses una tregua
o un cambio sutil para la historia.



Alicia Torres.



Del libro "Fatal". CELARG. Caracas, Venezuela. 1988

domingo, 13 de enero de 2008

LA DISTANCIA

Uno no debe tomar en broma a la distancia, dicen,

dicen que la distancia es un cuchillo,

una extraña botella donde crece la noche.


Que no se puede jugar con la distancia, dicen,

porque la muerte viene como una bayoneta

y no hay dios que te salve

cuando estás entre andenes que sollozan.


Que es una cosa seria la distancia, dicen,

que a veces se disfraza de hasta luego,

y a veces es tan simple

que dan ganas de hablarle, de hacerle un chiste,

o simplemente andar calle tras calle

llevando su valija

total ella es así,

tiene un pequeño bolso y un pañuelo,

y un trajecito gris,

y es tan muchacha de familia, buena.


Pero no es de confiar en la distancia, dicen,

porque ataca de pronto y como un tigre,

tiene predilección por las gargantas,

sabe partir en dos las primaveras,

saltar sobre palabras que palpitan

y beberles la sangre,

sabe matar de golpe y limpiamente

lo mismo que un verdugo.


Pero a mí me dan risa los verdugos,

quería decírtelo,

y con los tigres suelo llevarme bien,

y esto también quería decírtelo,

y la distancia es una cosa tonta

un padrenuestro,

un pequeño bocado

que mi amor se devora, clac,

casi sin darse cuenta.


Humberto Constantini

Argentina

viernes, 11 de enero de 2008

EL DESAMOR

II.

Aunque el desamor nos toque como a un espejo que se rompe,

donde solamente nos miramos una vez, los ocasos de la vida

que señalan otra jornada, pueden ser hermosos como la

sabiduría de una puesta de sol, a pesar de ser adiós.

Mas, no siempre los pájaros vienen a nuestra ventana.

Tampoco el poema ni el poeta son sólo fiesta. El clima

de saber, que a conciencia ya no podemos permanecer

en la calidez añorada de ciertas cercanías, nos hace taciturnos.

A pesar que son más flores las flores que no vimos,

bienvenidos al lamento la tarde, los gatos y la ausencia.


III.

Al parecer la vista quiebra hacia otras latitudes y quizás

se concentre en viejas permanencias. Aún así, es inútil quitarse

de encima la doble sombra, el destino terminado, la creencia

de que el río abrazará siempre profundo su afán de mar.

No pretendo con esta retórica sobre el desamor saber de

pasados ni de promesas. Atino más bien exiliar lo abrupto

aunque duela, la armonía tradicional, aunque fastidie.

Esto ayuda a resurgir para nuevas y necesarias bienvenidas.

Tampoco se anhela aquí explicar nada. No se piensa lo que se

siente. Y sólo se entiende con propiedad, de los otros, lo que de

vida en ellos también hemos vivido. Y si no se ha vivido, es más

sensato callar. Quien no tiene referencia del dolor no sabrá

la magnitud de la alegría.


XV.

Ahora, en mis momentos de soledad involuntaria que eran todos,

no podía con la angustia que deja el saberse abandonado.

Descolocado quería gritar con el grito de la soledad de un

estadio vacío. Pero estuve también allí en plena multitud y

la soledad fue mayor.


XVI.

Hiere hondo lo que no transgredí y nos sorprende. Hostiga

la imagen del asombro, vuelve, vuelve y sobresalta como una

alarma el corazón.

Abordamos con furia débil el doble filo de la palabra, la

emboscada del cuerpo, el relámpago que ha dejado cicatriz.

Y miramos en torno a lo que ha sido y ve lejano lo que sin

ella no será. Piensa y como boomerang vuelven los recuerdos.

Y la palabra como un hombre abraza, abrasa.

Alquimista nos exige el pensamiento. A canto nos llueven las excusas.

Cómo mirar la nada y hallarte. Confesar la limitada libertad. Decir lo

imposible de amar a plenitud. Nombrar la mediana lealtad ante lo eterno.

Y simplemente es el azar el que sugiere, encontrarte extensiva en el

instante, sin postigos para verte, no sujeta al pasado que te aferra,

dispuesta a desvivirte por un sueño. Todo para alegrarnos donde

antes estuvo lo perdido, para saberme vivo en tus nocturnos, para

trastocar el peso de la ausencia.


“El Desamor” Poemas de Carlos Angulo, publicados en 1988, en Barquisimeto, Estado Lara

jueves, 10 de enero de 2008

De "Desnudo y a la Intemperie" (Poesía)

Pagarías

con moneda antigua

verme vestida de harapos

alejarme de la noche

de luna negra

cuando conjuro tu alma

con murmullos que desconoces

Puedes huir con lamentos

y salvarte a tiempo

Pero algo

irremediable

te hace desear

una muerte dulce

para tu gusano de seda



Elsa Sanguino


Del libro publicado por la Editorial El Perro y la Rana, Ministerio de Cultura de Venezuela, 2006.

domingo, 6 de enero de 2008

CARTAS DE PAPEL

La llegada del cartero, bienvenida en otros tiempos, tiende a desaparecer. Los medios electrónicos han sustituido paulatinamente el comunicarse con los demás a través del papel y la tinta. El género epistolar, cultivado durante generaciones,hoy se realiza con la inmediatez que otorgan el computador y la red. La escritura por esta vía sigue cumpliendo con su función primordial, la comunicación, pero no se compara con la calidez de unas páginas cuidadosamente manuscritas. En la caligrafía,más allá de las palabras, se puede inferir el temperamento del remitente gracias a los detalles trazados en las curvas de cada letra.

Con innumerables cartas fue posible reconstruir episodios de la historia publica y privada, los procesos de vida de muchos personajes. Hechos que al tratar de imaginarlos, aún hoy nos conmueven a pesar de los años transcurridos como lo puede ser la semblanza de una Manuela Sáenz, exiliada, febril, leyendo y releyendo las cartas de Bolívar en Paita.

Papeles amarillentos conservados en cajas por una anciana acuciosa. Historias de amor, crónicas de familia y desencuentros. Pequeñas vergüenzas. Buenas noticias. Malas noticias... Despedidas. En la película “Los puentes del Condado de Madison”, unos hijos huérfanos descubren y enfrentan el por qué de la infidelidad de una madre, que en vida, fue todo cariño y abnegación.

Gabriel García Márquez halló en 1954 un cementerio de cartas perdidas. En la Oficina de Rezagos del Correo Nacional de Colombia, un anciano jubilado tenía como tarea encontrar a costa de lo que fuera el destinatario de cartas signadas sólo con un nombre o con un apellido. Cartas sin dirección o con indicaciones extrañas: una carta dirigida a Dios, o un “Para usted, que se la manda su novia”. Sobres vacíos...

La capacidad de memoria de un computador puede ser infinita, pero qué sucede si el usuario fallece llevándose entre pecho y espalda la clave, el ábrete-sésamo de su correo... ¿ A dónde irán a parar esos pedazos de historia individual que nos conforman?

Tal vez queden flotando en el espacio... En el mero olvido.



Elsa Sanguino..

2004


97.1 en el 2004.

sábado, 5 de enero de 2008

Postal Tropical, por Elsa Sanguino


El telar II. Foto: Elsa Sanguino, 1993


POSTAL TROPICAL


Aquí estoy, con mis bienes en la puerta y esta lluvia que no cesa. ¿Hacia dónde me dirijo?. La mujer que ayer juraba quererme, hoy a las siete y quince de la noche, tuvo la ocurrencia de entregarme el equipaje: una caja de libros y el paraguas que le regalé en su último cumpleaños. Y así, muy sonriente pero con voz gélida me dijo “ Te me vas rapidito”. Sin chistar, la dejé que me echara.

Sí, estoy sin amo. Me siento como el perro de largas patas que solía perseguirme cuando trotaba por el parque. ¡Demonios! Otro taxi que pasa de largo. ¿Es que acaso soy invisible? Ahora entiendo la cara de mi padre el día que salió dando portazos y maldiciendo por igual a las madres de los curas y a los jueces civiles, sin percatarse siquiera que todo el vecindario lo observaba. No pude decirle cuanto lo amaba, no pude decirle que no me dejara solo en la mitad de la calle, abrazado una pelota de muchos colores para no caer. Con la promesa de ir alguna vez al circo me abandonó allí , hecho un charco de lágrimas porque quién entiende a los seis años. Seis años de coscorrones y peleas domésticas, de mínimos momentos felices entre tanto lío de gritos y ollas volando por el aire.

A mi madre la amé hasta el día que empecé a oírla llorar por las mañanas y luego, al caer la tarde, salir enfundada en un vestido de florones, pintada la boca de rojo lacre, olorosa a jabón Reuter. Solía fantasear con el momento que tropezaran sus zapatos de tacón de aguja, en que su variopinta figura rodase estrepitosa escaleras abajo. Cuantas veces me amenazó con ellos. ¡Carajo, que frío hace¡

Mucho tiempo después encontré a la mujer más hermosa que hubiese podido imaginar, la misma que hace minutos me dejo sin techo y sin cobija. Ese nefasto día juré que si lograba conquistarla y casarme iba a ser el matrimonio perfecto, para siempre, sin peleas y por sobre toda las cosas, sin gritos. Aquella mujer de ojos verdes y medidas gloriosas, valquiria ecuatorial,

fue la razón de mi existencia durante los primeros setecientos días del connubio. Paseos interminables por el malecón, cenas inenarrables, jornadas amatorias a la luz de las candelas que nos dejaban exhaustos, incapaces de creer que existiera otro paraíso.

Perdí el trabajo hace unos meses y empecé a estar más tiempo en casa, a remolonear por los bares con mayor frecuencia. La diosa coronada comenzó a reclamarme por el ocio, las llegadas de madrugada, pero cómo decirle el miedo que me causaba su mirada, sabrosa a vinagre. Ella trabajaba como acémila para compensar el ingreso. Pero qué hago yo si busqué y busqué sin éxito. Jamás hallé nada que estuviera a mi altura profesional:

Analista Programador de Instrumentos Económicos no Invasivos para Países en Vías de Desarrollo, Magister y Phd incluido; títulos expedidos por la egregia Universidad de Villa Real donde fui enviado a estudiar –becado, por supuesto- durante nueve años, los mejores de mi vida. Al regresar al país conseguí un trabajo temporal en el restaurant-bar de quien hasta hace media hora fue mi cuñado. Lo temporal se hizo permanente, sin contar con la reciente quiebra del local.

Ella comenzó a fastidiarme la existencia, no cocinaba, la ropa sucia –la mía- se amontonaba inclemente. Me desaparecía las llaves, el celular, los documentos con una frecuencia tal que llegue a dudar de mi cordura. Todo se complicó, ya no quiso darme abrazos menos aún un beso. Siempre andaba apurada, ocupada en pensar cosas que a mí, por supuesto, no me incumbían. Comenzó a salir sola, a llegar tarde sin explicación ninguna. Todo lo que ganaba en su trabajo lo gastaba en ella. Mermaron los alimentos en el refrigerador y nunca más volvió a cocinar delicias; en otras palabras se transformo en una saboteadora de ceño fruncido, muy fruncido. Un día regresó cargada de cajas, luego de una de sus habituales expediciones por la zona comercial. Zapatos y vestidos de ultima moda, perfumes y afeites conformaban el botín, pero ya no los lucía para mí. Las horas interminables de escarceos, eran con el espejo.

Anoche pronunció dos palabras que rompieron el silencio espeso al que me tuvo condenado. “Te amo” dijo, mirándome con ojos de sibila. Supe que algo iba a pasar, pero nunca imaginé que ya tenía mis cosas embaladas, que ya había planificado al detalle el desalojo y menos aún que para tal evento iba a lucir ese traje nuevo con estampado de postal tropical, tan parecido al de mi madre.

Publicado en: Revista Populus, No 2, año 00/2007, San Cristóbal, Venezuela

La araña

La araña
Metro de París. Foto:Horacio Rosales

Contrastes

Contrastes
Foto: Elsa Sanguino.2004

El cuervo. I

El cuervo. I
Fotografia de Elsa Sanguino.2002

El Cuervo

El Cuervo
Foto:Elsa Sanguino 2002

S/T

S/T
Fotografía de Elsa Sanguino. 1999

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